Corredor Verde SDE: ¿Los Mina Despega o se Atora en Abril 2026?
El tráfico en la Carretera Mella se ha vuelto un infierno para la gente de Los Mina. La promesa del Corredor Verde de Santo Domingo Este, que buscaba modernizar el transporte público, tiene a miles de ciudadanos atrapados en un cuello de botella sin fin este abril de 2026. Lo que debía ser la solución, por ahora, es un dolor de cabeza que no se quita con pastillas.
Desde hace meses se venía hablando de un plan ambicioso para SDE. El gobierno, junto al ayuntamiento, anunció con bombos y platillos el "Corredor Verde de Movilidad Sostenible". La idea era simple: autobuses eléctricos, rutas exclusivas y menos tapones. El objetivo principal era descongestionar las principales arterias de Santo Domingo Este y ofrecer una alternativa más barata y eficiente a los carros de concho y guaguas tradicionales. Se prometía una revolución en la forma de moverse por el barrio, una que haría que el SDE Despega en cuanto a transporte.
Los estudios previos y las licitaciones fueron un proceso largo y lleno de rumores, pero finalmente las máquinas se encendieron. Se aseguraba que el proyecto estaba diseñado para evitar al máximo las molestias a los residentes, sin embargo, la realidad de la construcción ha demostrado ser otra cosa muy distinta. La gente ya esperaba algunos inconvenientes, pero nadie anticipó la magnitud del caos que se ha desatado. Esto no es solo un atraso momentáneo, sino un cambio drástico en la rutina de miles de personas que dependen del transporte público y privado para llegar a sus trabajos y hogares cada día.
La inversión anunciada fue multimillonaria, con fondos que, según se dijo, venían de préstamos internacionales y del presupuesto nacional. Se hablaba de tecnología de punta y de un sistema que sería replicado en otras ciudades del país. Pero la gente de a pie, la que vive el día a día en el Ensanche Ozama y en la Entrada de las Palmas, solo ve el cemento y el polvo. Este proyecto se presentaba como la gran esperanza para una ciudad que ha crecido desordenadamente, con un parque vehicular que supera con creces la capacidad de sus calles. La promesa era una reducción significativa en los tiempos de viaje y una mejora en la calidad del aire, algo que parecía una utopía para muchos. Ahora, esa utopía se siente más lejos que nunca.
El Corredor Verde contempla tramos exclusivos para autobuses a lo largo de la Avenida Charles de Gaulle, la Carretera Mella y parte de la Avenida Venezuela. En total, más de 25 kilómetros de nuevas vías y estaciones. La primera fase, que arrancó en firme este mes de abril, se concentra en la Charles de Gaulle, desde la San Vicente de Paúl hasta casi la Autopista Las Américas. Se supo de buena fuente que la planificación inicial subestimó la densidad del cableado subterráneo y las tuberías de agua, lo que ha provocado retrasos significativos. Según datos extraoficiales del ayuntamiento, se han registrado al menos 15 fugas de agua no planificadas y 7 cortes de energía en las últimas dos semanas solo en el sector de Invivienda, donde los trabajos son intensos. La empresa constructora, Consorcio SDE Sostenible, no ha dado declaraciones oficiales sobre los contratiempos, pero los obreros en la calle comentan sobre la complejidad del terreno.
El proyecto incluye la construcción de 30 nuevas paradas tipo estación, cada una con paneles solares y puntos de recarga para celulares, una novedad que sonaba muy bien en el papel. También se prevé la integración con el Metro de Santo Domingo en la estación Ercilia Pepín, una conexión que aliviaría la carga en las horas pico. Sin embargo, la interrupción de las rutas de transporte público tradicionales ha dejado a miles de usuarios a la deriva, buscando alternativas improvisadas. Los desvíos, señalizados con carteles que a menudo son ignorados o malinterpretados, han generado un embotellamiento crónico. La Avenida Sabana Larga, que antes era una vía de escape, ahora también está saturada. Los ingenieros del proyecto hablaban de una ejecución en fases escalonadas para minimizar el impacto, pero la realidad en el terreno es que varias fases se están solapando, multiplicando el caos. El presupuesto asignado para esta primera fase es de aproximadamente 150 millones de dólares, una cifra que los residentes de Los Trinitarios ven con escepticismo ante la lentitud y los problemas que se presentan.
Con el calor de abril pegando fuerte, la paciencia se agota rápido en las paradas. El ruido de los motores de los carros públicos y las guaguas, que ahora tienen que dar vueltas y más vueltas, es ensordecedor. En el colmado de la esquina, bajo el toldo que apenas da sombra, la gente está en grito. "Esto es un desorden", dice un señor mientras se toma un refresco frío. "Uno sale con tiempo y llega tarde a todo". Las motoconchos se hacen su agosto, cobrando más por las vueltas extras que tienen que dar. La polvareda es constante, cubriendo carros, casas y hasta la mercancía de los vendedores ambulantes. El ambiente en la calle es de frustración palpable. Los vendedores de frutas y empanadas en la Charles de Gaulle ven cómo sus ventas bajan porque la gente evita la zona. Las bocinas no paran, creando una sinfonía de estrés que acompaña a los residentes desde que amanece. En las aceras, antes transitadas, ahora se acumula escombros y tierra. Las madres con sus hijos para la escuela tienen que hacer malabares para cruzar las calles, esquivando el tráfico desordenado y los huecos. La vida en el barrio, que ya es un corre corre diario, se ha vuelto una carrera de obstáculos. La música de la radio del colmado, que antes amenizaba el día, ahora compite con el constante sonido de los cláxones y los camiones de construcción. El sol de la mañana se refleja en los cascos de los obreros y en el polvo que se levanta con cada movimiento de maquinaria pesada. Los viejos que se sientan en los bancos de afuera de las casas, solo ven pasar el tiempo y los problemas. Las conversaciones giran en torno al mismo tema: el tapón, el polvo y cuándo terminará esta pesadilla. La promesa de un aire más limpio y menos ruido se siente como una burla en medio de este ambiente. Los choferes de los carros de concho, con el sudor en la frente, se quejan de la gasolina que se les va en las vueltas extras, y de la presión de los pasajeros.
Para la gente de Invivienda, el impacto ha sido brutal. Las rutas de guaguas que pasaban por la Avenida Charles de Gaulle han sido desviadas por calles internas, provocando que el trayecto que antes duraba 15 minutos, ahora sea de hasta 40. Los estudiantes y trabajadores son los más afectados, llegando tarde a clases o a sus empleos. Los residentes dicen que "es una tortura diaria". Los colmados pequeños y salones de belleza en la ruta de desvío ahora tienen un flujo de gente inesperado, pero también se quejan del ruido y la falta de espacio. La Entrada de las Palmas, que conecta Invivienda con otras zonas, está colapsada. Las pocas vías alternas se han convertido en embudos, y la gente se desespera por llegar a casa después de una larga jornada. Los servicios de delivery también se ven afectados, tardando más y, en ocasiones, cobrando un extra por el tiempo perdido en el tráfico. Los niños que juegan en las calles internas ahora tienen que estar más alerta, ya que el flujo de vehículos ha aumentado exponencialmente. La comunidad de Invivienda, conocida por su ambiente familiar, se siente ahora invadida por el caos vehicular. Los vecinos que antes salían a caminar o a sentarse en sus aceras, ahora prefieren quedarse dentro de sus casas para evitar el polvo y el bullicio. La vida cotidiana ha cambiado drásticamente, y la gente se pregunta si este sacrificio valdrá la pena a largo plazo. Los pequeños negocios de la zona, como las cafeterías y las farmacias, reportan una disminución en las ventas, ya que los clientes habituales evitan transitar por las calles afectadas. Las quejas se multiplican en los grupos de WhatsApp de la comunidad, donde la frustración es el tema principal de cada conversación. Se habla de la falta de información clara por parte de las autoridades y de la sensación de abandono que sienten los residentes. El acceso a los centros de salud y a las escuelas se ha vuelto una odisea, lo que genera preocupación entre los padres de familia y las personas mayores. Este es un problema que va más allá del simple tapón; afecta la calidad de vida de todos en el sector.
María Luisa, residente de Sabana Larga y empleada en un supermercado en la Av. Venezuela, nos dijo: "Esto es un relajo, mi gente. Antes cogía dos guaguas y llegaba en media hora. Ahora cojo tres y tardo una hora y media. Uno sale de madrugada para no llegar tarde, pero ni así". Pedro "El Panadero" de Los Mina, que tiene su negocio cerca de la Carretera Mella, lamentó: "Las ventas han bajado un 30%. La gente no se quiere parar aquí con el polvo y el tapón. Yo entiendo que se necesita progreso, pero ¿a qué costo?". Un estudiante de la UASD que vive en Los Trinitarios, Juan Carlos, comentó con frustración: "El metro es mi salvación, pero llegar al metro ahora es un problema. Los carros de concho están abusando con los precios por las vueltas que tienen que dar. Se armó el avispero con los pasajes". Una madre de familia de Invivienda, Ana, expresó su preocupación: "Mis hijos llegan tarde a la escuela todos los días